Amor Humano, Amor Divino...
En un conocido relato del Evangelio de Lucas (Lucas 7:35-50), una mujer anónima considerada como “pecadora” llega sin invitación a una reunión en honor de Jesús y procede, envuelta en lágrimas, a untar con un precioso aceite los pies del maestro. Este relato da lugar a la confusión que siempre ha existido entre María Magdalena y María de Betania. En su libro La Mujer del Vaso de Alabastro, Margaret Starbird propone sobre María Magdalena que Magdala no es realmente un lugar sino un apelativo aplicado a María que significa en hebreo “torre” o “elevada, grande, magnífica”. Sería entonces una manera de llamarla “María La Grande”, término de gran respeto que le sería meritorio por ser de hecho reconocida en el círculo interno de los discípulos de Jesús como su amada inmortal.Definitivamente que el acto descrito por Lucas no puede verse solamente como el de una mujer penitente, sino que debe observarse en él la riqueza simbólica y ritual entre dos almas que se aman y que están prontas a ser separadas por la muerte. Esta María es más que una devota piadosa, se trata de la amada del Maestro, quizás su esposa.
Las reflexiones sobre este relato son interesantes y nos confrontan con algunas de las actitudes y estructuras condicionadas que generalmente son las que se ocultan detrás de la forma en que entendemos la teología y sobre todo, el amor. ¿Cómo nos sentiríamos ante la posibilidad de que Jesús hubiera tenido un amor humano? ¿Nos haría esto sentir incómodos? ¿Por qué?
Las respuestas son muy reveladoras: “Si Jesús hubiera tenido relaciones con una mujer entonces no hubiera podido ser un hombre libre de pecado.” “Si Jesús hubiera amado a alguien en particular, no hubiera podido amarnos a todos imparcialmente.” “¿Cómo podría ser el Hijo de Dios si no se hubiera entregado por completo a Dios?” En consenso, si Jesús hubiera conocido el amor erótico, esto lo hubiera descalificado de ser el redentor al no poder ser el vehículo del amor eterno.
Lógicamente se entiende que lo que tenemos son suposiciones que han sido establecidas después de casi dos milenios, que nada tienen que ver con la fe ni con la verdad, ni mucho menos con afirmaciones que se puedan atribuir al mismo Jesús. Es complicada la historia de la imposición del celibato pero ahora más que nunca se tiene una noción más seria de ello gracias a los estudios históricos. Se sabe que hasta el siglo IV existía una pronunciada tendencia en la iglesia de considerar a Cristo y sus apóstoles a través del prototipo del celibato sacerdotal, posición que contrastaba enormemente con las circunstancias matrimoniales que rodeaban al judaísmo de los primeros siglos. Entre los factores que intervienen en esta concepción tenemos primero la influencia del ascetismo sirio del segundo siglo que interpretaba la denominación de Jesús de “Ihidaya”, “El Singular”, como refiriéndose a un estado de celibato en lugar de interpretarse como un estado de unificación del Ser, una Individuación. En segundo lugar, el creciente descontento con la intimidad conyugal que empieza a desarrollarse con San Pablo y crece con la influencia de pensadores como Marción, Tatian, Orígenes, Jerónimo y Agustín. Ya para el siglo cuarto encontramos edictos que prohíben a los sacerdotes casados tener relaciones con sus esposas. Poco después el celibato se convierte en un requerimiento para ser admitidos en la ya poderosa estructura de la iglesia católica romana. Aunque en la iglesia ortodoxa se continúan aceptando sacerdotes casados, los obispos, figuras principales en el círculo de poder, son elegidos solamente entre aquellos que han ofrecido sus votos al celibato.
Durante 1600 años, hasta la aparición del protestantismo, la teología mística y espiritual cristiana fue escrita, formulada, replanteada y explicada exclusivamente por célibes, emergiendo entonces esa imagen de Cristo que esta tradición inculcaría: aquella del célibe cuya pureza “sin pecado” requería una estricta abstinencia sexual.
Considerado el acto sexual como pecado de la carne, aún el acto entre marido y mujer, este acertijo retrasa el reconocimiento oficial de la iglesia del matrimonio como un sacramento hasta el año 1150. Fue necesario un considerable manipuleo teológico para resolver este asunto de cómo un acto sacramental podía también envolver el pecado de la carne.
La experiencia de estas reflexiones sobre todo en congregaciones episcopales es interesante pues arroja una serie de propuestas –mitos o creencias- que se encuentran muy firmemente arraigadas y que en su conjunto constituyen el principal obstáculo a nuestra posibilidad de ver el amor erótico como una auténtico camino a la transformación espiritual.
1. El celibato es el principal significado de entregarse completamente a Dios.
Es una propuesta que domina la retórica del sacerdocio y que nace, como la mayoría de la enseñanza sexual en la iglesia, de la conocida advertencia de San Pablo, “El soltero tiene cuidado de las cosas que son del Señor, su finalidad es agradar al Señor. Pero el que se casó tiene cuidado de las cosas que son del mundo, su fin es agradar a su esposa, y tiene una mente dividida” (1 Cor. 7:32-33). Quizás desde el punto de vista logístico Pablo tiene razón en el sentido de que la compañía hace del discipulado una labor más complicada. Pero desde la perspectiva teológica sorprende el atrevimiento pues sugiere en primer lugar que el amor de corazón a Dios no puede coincidir con el amor de corazón a otro ser humano, siendo que según la proposición mientras el amor por otro ser humano aumenta, el amor por Dios entonces disminuye proporcionalmente. No solo es esto teológicamente equivocado sino que va en total contradicción con el mandamiento de Jesús que dice: “Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y de toda tu mente… Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mat 22:37-39). Más allá de estos comentarios quizás la explicación es de orden estrictamente esotérico. Pablo sabe que solamente el “unificado”, llamado soltero, puede agradar al Señor. No así aquel que está separado, el que vive en la dualidad, y que por consiguiente solamente agrada al mundo.
Quizás la solución a este aparente koan radica en la comprensión de que no es posible amar a Dios como a un objeto. Dios es siempre el ser del amor, la fuente de donde emerge. Así, el “amor de Dios” no es exactamente una amor entre otros amores, no es el amor por “Uno” a quien el decir “si” requiere decir “no” a otros. Por el contrario Dios es el Ser Omnipresente que desata y sostiene mi posibilidad de darme por completo a esta experiencia de la vida en todas sus infinitas particularidades incluyendo la del amor humano.
Dios, el Ser, es la divina dádiva, que fluye a través de nuestras expresiones humanas para manifestar el amor en toda su totalidad. Así, en la medida en que nos damos de lleno a El, nos daremos de lleno a nosotros mismos.
2. El amor divide el corazón.
La noción de que el amor erótico divide el corazón está tan fuertemente enraizada en la formación espiritual monástica que la renunciación se convierte no solo en la acción imperativa sino que se adopta como una oportunidad espiritual, esto es, la ruta directa a la totalidad espiritual.
La teología de la auto-unificación a través de la renunciación es tanto la piedra angular de la práctica espiritual monástica que nadie se atrevería a hablar en contra de ella. Aún así la duda permanece: ¿divide el amor al corazón? Si Dios es considerado como el objeto del amor de alguien que compite contra otros por ese amor entonces la premisa es correcta, efectivamente el amor divide el corazón. Pero si Dios es el ser mismo del amor, de ahí de donde el amor emerge entonces se podría afirmar, como lo han hecho los místicos, los amantes y los poetas, que el amor no divide el corazón, por el contrario es la única fuerza capaz de unificarlo. Lo que divide el corazón no es el amor de la relación sino las pasiones: el lado sombrío que siempre está presente en la relación. Sin embargo, esto no debería ser motivo para la renunciación, sino para la purificación.
Sobre todo en la práctica monástica es imprescindible entender la necesidad de la unidad, expresada en el término mismo del monje, el monachós, aquel que se ha convertido en Uno, que ha alcanzado la Unidad y por consiguiente es un Solitario.
3. Eros y Agape son dos tipos diferentes de amor.
La tradición de clasificar el amor en tipos diferentes se remonta hasta Platón. El misticismo monástico se basó siempre en la estrategia de transformar a eros en agape. Uno de los principales argumentos para esta proposición proviene de la teología protestante en donde se estructura toda una diferenciación entre la impureza del amor erótico en contraste con el amor divino, negándole al primero cualquier valor en el camino espiritual. De esta manera es difícil escapar a las implicaciones de que si alguien sigue el camino del amor por su pareja seguirá siempre un sendero inferior en el desarrollo espiritual.
Pero el gran secreto del amor erótico es que agape es en esencia deseo transfigurado. No existen dos tipos de amor, uno basado en agape y otro basado en eros. Más bien tenemos que existe un momento en el natural desdoblamiento de eros en que la gran intensidad del deseo por fundirse con el amado se vuelve hacia fuera liberando la presión de la única manera posible: a través de la entrega absoluta y de la necesidad de vaciarse a sí mismo. Esta es la purificación que los verdaderos amantes experimentan y que transforma el plomo del deseo en el oro de la compasión. Por la misteriosa alquimia de eros en sí mismo, el “recibir” se transforma de una manera inconsútil en el “dar”.
En este camino entonces, en contraste con los modelos monásticos de transformación, no hay necesidad de renunciar al amor humano y de redirigir a eros hacia Dios, sino más bien permitir que el amor continúe su curso. Agape, o el amor consciente, no es el amor neutralizado por el deseo, sino deseo completamente transformado y purificado a través de la práctica conciente de buscar en todas las cosas el sacrificio de la vida personal en beneficio del otro.
4. El celibato es un estado de gran pureza.
Generalmente se interpretan las tradiciones orientales, donde la práctica del celibato se origina y donde se practica como un poderoso medio para la transformación espiritual, como una manera de conservar y concentrar el prana, la energía vital que permite esa transformación. En palabras de un sabio hindú “Prana es la preciosa reserva del buscador. Cualquier actividad sensual o experiencia sensual consume una gran cantidad de prana… La más grande meta en la vida humana, el logro espiritual, requiere el máximo de energía pránica en todos los niveles.”
Desde este punto de vista, el celibato podría entenderse como una manera de conservar las energías naturales. “Un río quizás no tenga mucho poder en sí mismo. Pero si se le concentra y se conservan sus aguas posee entonces la fuerza, apropiadamente canalizado, para mover grandes turbinas”.
En el más antiguo y poderoso entendimiento de la práctica, el celibato pertenece a aquellas prácticas espirituales que se clasificarían como enstáticas –aquellas que tienen que ver con la colección, conservación y concentración. El lado más positivo de ellas es una claridad significativamente mayor –una relativa liberación del agitado y pasional consumo de energía- que produce una mayor capacidad de estar presente a una más elevada comunicación espiritual.
Por la misma razón de ser este un proceso de acumulación solamente, es su lado negativo la avaricia, la sutil tendencia a mantenerse o preservarse a sí mismo, que podría producir una tendencia a la auto importancia y una sutil adquisición de lo espiritual, cuya verdadera intención se revela a través de la frase “logro espiritual”. ¿Cuál “yo”, alguien podría preguntarse, es este “yo” que obtiene los logros?
En contraste, el camino que el Cristo parece indicarnos a través del modelo de su vida, y particularmente de su muerte, no es exactamente de una acumulación sino de un completo darse, vaciarse, sacrificarse. Su energía pránica se ofrece en el altar del sacrificio, en la sagrada cruz. Este sagrado momento que simboliza lo más importante de la fe cristiana, es el momento seminal de donde todo emerge, se convierte en un amor extático, más que enstático –un amor de completa entrega. En contraste con la claridad, se convierte esta experiencia en la arquetípica imagen de la pureza, la más completa entrega del corazón.
El Camino del Cristo
El problema más serio del celibato como modelo de transformación espiritual es el hecho de que estos modelos se hallan fuera de sitio con respecto al camino de transformación que el Cristo enseñara. Estos parecen adulterar la esencia misma de la energía que el Cristo parece indicarnos, concentrándose en las prácticas ascéticas y de abstinencia de Juan el Bautista más que el radical abandono y la transmutación de las pasiones en una completa entrega de sí que enseñaba Jesús.
En este sentido el sendero del amor erótico parece ser más congruente con la verdadera disposición interna que Jesús enseñó y, por consiguiente, un camino más auténtico y fuerte para realizar sus enseñanzas. Es más probable que alguien pueda atravesar por esa transformación espiritual del corazón con su amado o amada hasta el fin, que a través de la renunciación y de la auto protección aún cuando sea por la más noble de las causas.
Lamentablemente en el cristianismo contemporáneo no se permite reconocer esta realidad. La hegemonía del celibato espiritual, mientras se trata de inculcar la necesidad de los valores del matrimonio, se ha manejado en base a una serie de suposiciones que en realidad tratan de limitar esos valores y negar la posibilidad de entender nuestra propia vida amorosa como un auténtico camino de transformación espiritual. Todo esto basado en la suposición de que Jesús mismo era célibe y que manifestaba este estilo de vida como el más importante en el discipulado.
Las recientes informaciones que ponen en duda estas suposiciones aparecen como noticias liberadoras para el mundo cristiano y para los buscadores del camino espiritual y permiten restaurar la historia del cristianismo en términos de un amor humano. Quizás estas importantes reflexiones nos permitan acercarnos al misterio de la cruz a la luz del amor humano, y más importante aún, empezar a acercarnos al amor humano a la luz de los misterios de la santa cruz.




















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